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Historia y Leyenda: La castellana de Cazu y la Torre de Ponga
Historia

Historia y Leyenda: La castellana de Cazu y la Torre de Ponga

Nuestro vecino Pedro Herrán nos trae un fragmento de un texto de 1849 donde se habla de una leyenda sita en Cazu. Os invito a echar un vistazo y disfrutar del pequeño relato.


El trayecto y el relato

Durante un viaje entre Covadonga e Infiesto, con las cumbres del concejo de Ponga como telón de fondo, el viajero y escritor Francisco de Paula Mellado recogió en su obra Recuerdos de un viaje por España (1849) una de las historias más singulares de la tradición local: la leyenda de la Torre de Cazu.

La narración describe la edificación como una antigua y sólida fortaleza inexpugnable, solar del señor del coto. Tras la muerte de este en combate contra los moros, su única heredera fue su bellísima hija, doña Munia.


La llegada del caballero Lotario

A pesar de los numerosos pretendientes de alta alcurnia que acudían a rendirle homenaje, doña Munia los rechazaba a todos con frialdad. Sin embargo, la rutina del castillo cambió cuando un escudero solicitó asilo para su amo, gravemente herido en una lucha cercana.

El herido era Lotario, un caballero francés que regresaba de Tierra Santa tras cumplir un voto y que se dirigía a ofrecer su espada al rey Alfonso III de Asturias. Doña Munia lo acogió en la fortaleza y se enamoró perdidamente de él durante su recuperación. No obstante, el amor no fue correspondido: el caballero estaba comprometido con una dama en su tierra natal.


El pacto en el pergamino negro

Ante la inminente partida de Lotario y consumida por el despecho, doña Munia recurrió a medidas extremas e invocó a Satanás. La dama entregó su alma mediante un pacto firmado con su propia sangre sobre un pergamino negro a cambio de lograr el amor del guerrero.

Pese a los constantes engaños y a las diferentes formas que la dama tomó para seducirlo con ayuda infernal, el plan fracasó. Lotario llevaba al cuello un fragmento de la Vera Cruz traído de Jerusalén, una reliquia santa cuya protección impedía que las fuerzas del mal pudieran tocarlo.


Redención y el lamento del viento

Desesperada por el tormento, doña Munia intentó arrojarse por un precipicio para poner fin a su vida. Viendo su sufrimiento e inspirado por una fuerza divina, Lotario le colocó su propio relicario al cuello. El contacto con la reliquia ahuyentó al espíritu maligno, la libró de su obsesión y motivó su conversión. Poco tiempo después, doña Munia ingresó en un monasterio cercano para dedicarse a la penitencia, mientras Lotario regresó a Francia.

Esta narración dejó una impronta duradera en el folclore local. Según recoge el texto de 1849, las gentes del contorno contaban que, en las largas noches de invierno, el viento al soplar entre los muros y almenas de la Torre de Cazu produce un gemido lastimero: el alma de doña Munia que vaga en busca de oraciones.


📜 Texto original de 1849 (Francisco de Paula Mellado)

Al regresar desde Covadonga a Infiesto, dejamos a nuestra izquierda las nevadas cumbres del concejo de Ponga, que se presentan a la vista del viajero como inmensas pirámides de alabastro ocultando en las nubes su cúspide.

No siéndonos posible visitar este concejo porque ni entraba en nuestro cálculo, ni teníamos tiempo para recorrer el principado en todas direcciones, Caunedo quiso indemnizarnos refiriéndonos algunas de sus particularidades durante el camino, y sobre todo la leyenda del castillo o torre de Cazo que es como sigue:

—Habéis de saber, amigos míos —dijo—, por la mayor ventura del mundo que...
—Eso huele a cuento que trasciende —interrumpió Mauricio.
—¿Y qué son las leyendas más que cuentos inventados sobre un hecho o un edificio cualquiera? —replicó Caunedo.
—Ciertamente —prosiguió Mauricio—, pero lo de la mayor ventura del mundo, me recuerda a mi nodriza cuando me refería los cuentos de princesas encantadas.
—Bueno, variaré el principio —dijo con mucha calma el narrador.
—No le haga vd. caso, Caunedo —añadí yo—, que este tiene por costumbre interrumpir eternamente.
—Y tú regañar por todo. Ya callo y escucho.
—Decía —continuó Caunedo tomando el hilo de su historia—, que la tal torre o castillo, que yo he visitado hace muy pocos meses, es tan sólida como antigua y debió ser una fortaleza inexpugnable allá en antiguos tiempos.

En ella habitaba el señor de Cazo que murió en una batalla contra los moros, dejando por única heredera de su nombre y fortuna a una hija bellísima llamada doña Munia. Mil caballeros de nombradía acudieron solícitos a rendirle amoroso homenaje, pero la castellana de Cazo, fuese por orgullo, o por cualquiera otra causa ignorada, a todos los dejaba suspirar a sus pies sin concederles una mirada de compasión.

Un día que doña Munia se hallaba recostada en un sitial, y entregada al parecer a profundas meditaciones, fue a interrumpirlas un paje anunciándola que a las puertas del castillo se hallaba un caballero peligrosamente herido en reciente combate, y que el escudero, que trabajosamente lo había arrastrado hasta allí, demandaba hospitalidad para su moribundo amo. Doña Munia era caritativa, como todas las castellanas de aquellos tiempos heroicos, y mandó al punto que el caballero fuese recibido y cuidado con todo el esmero posible.

Las leyes de la hospitalidad, entonces tan respetadas imponían a la castellana el deber de visitar a su huésped al siguiente día de su llegada, y así lo hizo en efecto, sin sospechar que el amor le hubiese tendido un lazo para prender su corazón altivo. En una palabra, doña Munia se prendó del guerrero; pero no así como quiera, sino con una pasión furiosa y que por desgracia no podía ser correspondida.

El caballero, que se llamaba Lotario y era de nación francés, volvía de la Tierra Santa, donde había ido en cumplimiento de un voto, y antes de retirarse a su patria, deseando adquirir algunos trofeos en la guerra contra los enemigos de Cristo, vino a ofrecer su espada a Alfonso III, que ocupaba a la sazón el trono de Asturias, y en un combate singular que trabó con uno de los magnates del país, muy cerca del castillo de Cazo, había recibido las heridas de que, gracias al cuidado de doña Munia, se hallaba ya muy aliviado.

Toda esta relación que hizo a la castellana el escudero de Lotario, la interesó vivamente; pero cuando preguntó con el mayor anhelo si su señor tenía amores en el país natal, cayó en la más terrible desesperación, al saber que iba a casarse apenas regresara, con una dama de alta alcurnia y extraordinaria belleza, de quien estaba perdidamente enamorado.

No se desanimó por esto doña Munia; al contrario, avivada su pasión con la misma contrariedad, puso en juego cuantos medios pueden sugerir a una mujer orgullosa los celos y el amor combatido, para retener en Cazo a su ingrato huésped; pero todo en vano; restablecido Lotario de sus heridas se mostró muy agradecido a la castellana por los favores que le había dispensado, y le pidió permiso una noche para marchar al siguiente día a reunirse con el rey Alfonso.

Desesperada Munia al ver la inutilidad de sus esfuerzos, y no hallando remedio ya en lo humano, llamó al diablo en su socorro, que acudió al punto; pues como Vds. saben, en aquellos tiempos el diablo tenía sin duda menos que hacer que ahora, y servía a las mil maravillas a cualquiera que lo invocaba. Doña Munia le pidió al espíritu infernal el amor de Lotario, ofreciéndole en cambio su alma, y el diablo accedió después de regatear un poco, porque el francés parece que tenía un talismán que hacía muy difícil su conquista.

Se firmó el convenio con sangre de las venas de la desdichada dama en un negro pergamino que el espíritu maligno llevaba a prevención, y éste desapareció al punto. Largo tiempo siguió Munia a Lotario tomando distintas formas para hacerlo caer a sus pies, siempre auxiliada por Satanás; pero nada pudo conseguir, porque el paladín llevaba sobre sí un fragmento de la Vera Cruz que traía de Jerusalén el cual lo libraba siempre de las asechanzas y tentaciones de su enamorada que jamás pudo llegar a tocarle con la mano, porque una fuerza irresistible se lo impedía.

Desesperada de tanto padecer e impulsada por su protector, que ya deseaba llevarla al infierno, decidió arrojarse de lo alto de un precipicio para acabar con su vida; pero Lotario, que a la sazón estaba a su lado, compadecido de verla sufrir, e impulsado sin duda por una inspiración divina, le puso al cuello su relicario, con cuyo contacto, no solo ahuyentó al espíritu maligno que la atormentaba, sino que la curó de su insensata pasión convirtiéndola a Dios.

A los pocos días tomó doña Munia el velo en un monasterio cercano, donde edificó con sus penitencias; y Lotario partió a su tierra donde es de suponer que se casaría con la dama de sus pensamientos: aquí concluye mi historia...

En las largas noches de invierno, el viento al soplar por entre las desmoronadas almenas y ladroneras del castillo de Cazo, forma gemidos lastimeros que las viejas caseras del contorno dicen son producidos por el alma de doña Munia que anda vagando en demanda de oraciones.


Fuente: Mellado, Francisco de Paula, "Recuerdos de un viaje por España", Madrid, Establecimiento de Mellado, vol. I, 1849, pp. 134-135.

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